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Categoría Publicaciones: Niños y Adolescentes

15 de Mayo: ¡Día Internacional de la Familia!

Origen

El «Día Internacional de la Familia» viene celebrándose desde el 15 de mayo de 1994 en el que la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró la celebración de este día para crear una mayor concientización de las cuestiones relacionadas con la familia. 

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El Centro Clínico de Atención Integral a la Familia (CCAIF)

tiene el agrado de invitarte a celebrar el

 “DÍA INTERNACIONAL DE LA FAMILIA”

15 de mayo de 2014

Asistiendo a nuestro Ciclo de Charlas (gratuitas): del 12 al 16 de  Mayo 

  1. Lunes: La Pareja en la Actualidad  (Licdo. Manuel Osorio)
  2. Martes: Estructuras en el hogar: la base para iniciar una educación sana  (Licda. Merlin  Morales)
  3. Miércoles: Redes Sociales: la tecnología y su impacto en los adolescentes y en la familia  (Licda. Alba Ajaque)
  4. Jueves: El Adulto Mayor: su entorno y sus necesidades  (Ing. Heylin Charmel)
  5. Viernes: La Familia en la Actualidad  (Licda. Nahil Núñez)

 

Lugar: Sede del Centro Clínico de Atención Integral a la Familia, en la Calle El Callao, Torre Lloyd. Pent-house. Puerto Ordaz

Horario: Cada día, de 6:00 a 7:00 pm

Teléfonos de Contacto: 0286-317-1004  y 715-9727

www.terapiaparafamilia.com


ccaif@terapiaparafamilia.com

Algo de Frustración siempre es Necesario

Los niños que saben esperar por su gratificación y toleran la frustración aprenden que el mundo no gira a su alrededor, y son más felices.

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ALGO DE FRUSTRACIÓN SIEMPRE ES NECESARIO

Cuando un bebé llora, se lo alimenta, es decir obtiene una gratificación inmediata. Sin embargo, cuando un niño llega a la edad pre-escolar y nos dice que tiene hambre, le pedimos que espere hasta que sea hora de cenar o le ofrecemos un snack hasta que sea hora de la comida, de manera que la gratificación demora o solamente se le entrega de manera parcial. De esta manera los niños aprenden que ellos pueden esperar para alcanzar sus metas deseadas y a enfrentar la frustración cuando sus esfuerzos hacia la gratificación son contrariados.

Los niños que pueden esperar por su gratificación y toleran la frustración aprenden que el mundo no gira a su alrededor y que sus necesidades y deseos solamente pueden ser alcanzados a través de otras personas y de demandas que competan a las mismas”, señala el doctor Gary Direnfeld, un experto canadiense en t

nino-enojado-con-brazos-cruzadosLas cosas pueden ponerse muy feas para algunos niños que hacen que el lloriqueo y el pataleo se conviertan en la fórmula mágica para alcanzar los resultados deseados de manera permanente o cuando los padres y cuidadores dan tanta atención a sus necesidades y cumplen con todos sus deseos con demasiada frecuencia y sin demora alguna. “Estos niños no llegan en realidad a aprender como enfrentar la espera para ser atendidos o cómo tolerar la frustración y, al crecer, se convierten en personas egoístas y demandantes. Creen que el mundo gira a su alrededor y que el resto de personas están allí para servirles”, anota el especialista.emas de la vida familiar y creador del programa “Yo prometo”.

Cuando aquellos niños que se creen el centro del universo crecen, el problema se intensifica. Al convertirse en adultos e iniciar relaciones íntimas, corren el riesgo de no dar la importancia debida a esas relaciones gracias a una creencia muy fuerte de que ellos siempre podrán salirse con la suya. Tales personas no aprenden a comprometerse o a establecer prioridades teniendo en consideración las necesidades y deseos de los otros. Sus estrategias para alcanzar sus propios fines pueden variar desde un comportamiento demandante o manipulador hasta uno altamente abusivo.

En el campo vocacional, estos adultos pudieran creer que deben recibir un trato especial o no tener que trabajar tan duro como se les exige o creer que los ascensos en sus trabajos deben llegar sin que los merezcan en realidad. Esto, por cierto, les trae problemas con sus empleadores y con sus compañeros de trabajo.

Más conflictos

Los niños que continuamente se salen con la suya o lloriquean o tienen rabietas son generalmente conocidos como malcriados. Los adultos que continuamente buscan salirse con la suya y ponen sus necesidades frecuentemente en primer lugar, sin pensar en los demás, son conocidos como egocéntricos y, peor aún, como narcisistas. “Estos adultos no solamente colocan sus necesidades y deseos por sobre los de los demás sino que también tienen dificultad en apreciar el punto de vista, las necesidades y los deseos de los otros. En otras palabras, carecen de empatía, esa habilidad para conectarse emocionalmente con las preocupaciones de los demás, en la creencia de que las necesidades y deseos de los otros deben ser tomados en consideración siempre.

Revertir estas características puede ser difícil en algunos casos y casi imposible cuando se llega a la adultez. Por lo tanto, es vital que los padres consideren la necesidad de sus hijos de desarrollar tolerancia hacia la frustración y aprender a esperar por la gratificación. Esto significa que los padres no debemos malcriar a nuestros hijos ni tampoco aceptar sus lloriqueos y sus rabietas como un comportamiento adecuado.

Está bien que los niños aprendan que el mundo no gira alrededor de ellos y que deben respetar los turnos, compartir, esperar hasta que la comida esté lista y hacer cosas por y para los demás. Esto, por supuesto, no significa que debamos abandonar, o sin razón válida, dejar de cumplir con las necesidades de los hijos. En realidad los padres deben cumplir con las necesidades de sus hijos siendo sensibles también con las demás personas que les rodean y sin dañar a nadie al aceptar cualquier capricho de los hijos. “Los niños que aprenden a esperar por la gratificación y a tolerar la frustración tienden a ser mas pacientes, son capaces de establecer metas a largo plazo y comprenden mejor las necesidades de los otros y todas estas son habilidades necesarias para el éxito en a escuela, en el trabajo, en el amor y en la vida”, asevera el doctor Gary Direnfeld.

Cómo influyen las etiquetas en los hijos

 

La cuestión de las etiquetas es, pedagógicamente hablando, un tema de límites, pero en el sentido negativo de la palabra. La capacidad de aprendizaje del niño está limitada, por un lado, por su herencia genética y por otro por el ambiente más o menos favorable en el que se desenvuelva. Las etiquetas son límites que imponemos a nuestros hijos, casillas en las cuales deben caber y a las que deben amoldarse respondiendo a las expectativas que hemos puesto sobre ellos.

inocencia

“¿Siempre eres tan testaruda?”; “¿Lo ves?, eres tan floja, nunca haces bien nada”… Mensajes como estos acompañan el quehacer diario en nuestros hogares. Son, aparentemente, neutros, y la mayoría de las veces inconscientes, pero debemos revisar si ayudamos con ellos a nuestros hijos a avanzar correctamente, o si por el contrario estamos cerrando la puerta al cambio y al aprendizaje.

 

Bernabé Tierno, en su obra, reproduce un fragmento de la carta que unos padres le escriben: “Por segunda vez, ante el miedo a entregarnos las notas, porque la criatura no levanta cabeza en los estudios, mi hijo de doce años se ha marchado de casa. Hemos pasado toda la noche en vela, y cuando esta mañana mi marido fue a buscar el carro para denunciar su desaparición, lo encontró durmiendo dentro. Hemos intentado averiguar lo que pasa, y entre todas sus angustias por ver que no puede tenernos contentos trayendo mejores notas, me  ha sorprendido una frase: “Es que a mi nadie me ha dicho nunca que hago algo bien”.

Los mensajes que enviamos a nuestros hijos cuando nos fijamos sólo en sus errores o en sus fracasos, le transmiten la idea de que no sirve para nada, o de que difícilmente logrará superar cualquier problema que se le presente.

creando futuros felices

El niño es, como todo ser humano, un ser en constante cambio y transformación. Sus capacidades adaptativas son muy grandes, pero debe encontrar un ambiente que le estimule y le aliente para el éxito. Cuando los padres resaltamos con mayor énfasis las facetas negativas de nuestro hijo, estamos yendo en contra de principios fundamentales: la comprensión, el aliento, el reconocimiento del esfuerzo y  los logros.

 

Incondicionales

Es mucho más productivo, cuando un hijo ha cometido un error, intentar sentirnos como él. Verle como alguien que está sujeto a cambios y que, en ese proceso, el fracaso y las equivocaciones forman parte de las oportunidades de ver los propios problemas y mejorarlos. Cuando él reciba el mensaje: “Te has equivocado, pero te comprendo y aquí estoy para ayudarte”, en vez de: “¡Otra vez, ya estoy harto de que no te esfuerces por cambiar!”, entonces estaremos cumpliendo realmente con lo que ser padres significa: amar a nuestros hijos incondicionalmente, servirles de aliento constante y ser capaces de ver en ellos un ser humano sujeto a cambios, capaz de lograr lo que se proponga más allá de las dificultades.

  

A menudo es difícil ser capaz de mantener una actitud positiva, de comprensión y apoyo cuando una conducta negativa se manifiesta una y otra vez. Hemos de  ser capaces de inventar nuevas maneras de corregir, vigilando nuestras palabras y manteniéndose atentos a lo que realmente pensamos de nuestro hijo. Nosotros somos los primeros que hemos de pensar que nuestro hijo pueda cambiar. Si no es así, difícilmente reconoceremos sus pequeños esfuerzos, los logros mínimos que darán paso a logros mayores, y difícilmente encontraremos las oportunidades o situaciones en que él pueda verse de otra manera y modificar la imagen que  tiene de sí mismo. En definitiva, la etiqueta que tiene adjudicada y de la que debemos conseguir que se desprenda.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡Mamá, papá, estoy creciendo!

Emociones extremas, equivocaciones, el acné, el desarrollo, ser “gallo” o popular… En resumen, la adolescencia es un camino complicado…

Rebeldía, independencia, privacidad, tentaciones, el primer amor, la lealtad a los amigos, emociones extremas… En resumen, la adolescencia es un camino complicado, confuso y difícil que requiere la comprensión y el apoyo de los padres.

Lo primero que debemos recordar es que todos pasamos por la difícil etapa de la adolescencia. Período en el cual los hijos “sufren” grandes cambios bio-psico-sociales y los padres se debaten entre tratarlos como niños o exigirles la madurez de un adulto.

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Cuando se inicia puede abarcar una década y comienza desde los 11 años, aproximadamente. En el caso de las niñas puede culminar hacia los 19, mientras que para el varón se puede extender hasta los 21; sin embargo, no pierda de vista que cada persona evoluciona a su ritmo.

El especialista Psic. Jhonatan Bobadilla señala que “la adolescencia es una etapa donde todo parece gris, que el mundo ataca y se viene encima. En esencia, se trata de un momento en el cual se experimentan duros cambios que nos llevan a la adultez”.

Búsqueda de independencia

En este período es característico que muchachos y muchachas comiencen a tomar decisiones de una manera más independiente y a explorar nuevos roles. Como padres resulta vital entender que las relaciones de los hijos con sus amigos adquirirán más importancia. Su tarea es fomentar la autonomía y, al mismo tiempo, ofrecer orientación, apoyo y cuidado, aun cuando el hijo lo considere innecesario.

Por otra parte, si bien el joven empieza a delinear su personalidad de adulto y a buscar su propio espacio, los padres deben esforzarse en lograr que se mantengan los lazos familiares.

Bobadilla, experto en niños y adolescentes, afirma que durante esta etapa el muchacho vive intensamente, entregando lo mejor de sí y proyectándose a un futuro que desconoce, por lo cual la ansiedad es un estado que lo acompaña constantemente.

Aunque la privacidad es una de las grandes conquistas del adolescente, usted tiene la tarea de motivarlo a que participe en actividades familiares, sociales, grupos comunitarios y equipos deportivos.

Fortalecer su autoestima

Frente a la incertidumbre que le produce a su hijo vivir los cambios propios de la transición de niño a adulto, fomentar la confianza en sí mismo es una herramienta clave para asumir los nuevos desafíos.

• Tenga en cuenta sus intereses y busque la forma de que participe en actividades que lo ayuden a desarrollar y ampliar sus habilidades.

• Ayúdelo a que reconozca sus puntos fuertes; reconózcale su buena conducta y elógielo por sus logros.

• Anímelo para que tome decisiones considerando sus consecuencias (acerca de la asistencia a clases, explorar trabajos de jornada parcial, nuevas amistades, intereses o actividades…)

Tome en cuenta que por más esfuerzos que haya hecho por fortalecer la autoestima de su hijo, el deseo de “encajar” y ser aceptado por el grupo, así como el considerar las opiniones de los otros, es una realidad propia de la edad.

Definitivamente, la adolescencia es uno de los momentos en que los jóvenes son más vulnerables a las tentaciones de alcohol, tabaco y drogas. Por ello no debemos desmayar en repetirles tantas veces como sea necesario, y desde pequeños, el daño que producen esas sustancias y cómo evitar situaciones donde queden expuestos a ellas fácilmente.

Reglas y respeto mutuo

En una familia nunca se debe perder de vista que los padres son la figura de autoridad en la casa. Una cosa es construir confianza y entablar canales de comunicación con el hijo y otra muy distinta es cruzar la línea para convertirse en el “mejor amigo”.

En su condición de padres no pueden permitir que el respeto se pierda, pero tampoco deben olvidar que su hijo también lo merece, y esto abarca hasta su espacio personal; es cuestión de que todos busquen una relación equilibrada y “sin perder los estribos”.

“Hablar del asunto aquel”

No todos los adolescentes son sexualmente activos, pero casi todos piensan en este asunto. Según el especialista, hablar de sexualidad es el gran tema, tanto para padres como para hijos; a ambos la angustia los consume, ya sea porque no saben cómo y cuándo abordarlo, para los primeros, o porque no se atreven a preguntar, en el caso de los segundos.

Los padres deben estar preparados para hablar cuando el adolescente ponga “el tema en la mesa”, por ello es importante prepararse para ese momento y responder sólo lo que le pregunten. Extenderse en tópicos que no son de interés para el muchacho lo que hace es confundirlo y causarle más curiosidad.

No espere hasta último momento para conversar de la menstruación y las poluciones nocturnas. Cuanto más retrase esa conversación, más probabilidades habrá de que su hijo se forme ideas equivocadas y sienta vergüenza o temor ante los cambios corporales y emocionales que irá experimentando.

La masturbación forma parte de la intimidad de cada quien y su hijo, como es normal, tiene intimidad. Aunque sea difícil de aceptar, los padres deben respetar este momento de autoconocimiento. Converse con él o ella reconociendo que es algo normal, siempre y cuando no se convierta en el centro de su vida.

Al final, todo lo que se vive en la adolescencia termina siendo el inicio de la consolidación de aprendizajes y experiencias que, de acuerdo a cómo sean canalizadas por los padres, serán determinantes en el futuro de su hijo, no sólo en lo profesional, sino en su manera de relacionarse con su pareja, la familia y los amigos.

 

Identificar las señales de alarma

Identificar las señales de alarma

Experimentar cierta cantidad de cambios es algo normal durante la adolescencia, pero un cambio demasiado drástico o duradero en la personalidad o comportamiento de su hijo, puede indicar que existe un problema real que requiere ayuda profesional. • Aumento o pérdida extrema de peso. • Problemas de sueño. • Cambios rápidos y drásticos en su personalidad. • Cambio repentino de amigos. • Faltas continuas a clase. • Bajo rendimiento escolar. • Hablar o, incluso, bromear sobre el suicidio. • Indicios de que fuma, bebe alcohol o consume drogas.

Fuente: REVISTA VECINO SALUDABLE, Lic. Gabriela Percoco. Psic. Jhonatan Bobadilla, especialista en Psicoterapia Infantil. Adolescente, parejas y familias.

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