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Cómo influyen las etiquetas en los hijos

 

La cuestión de las etiquetas es, pedagógicamente hablando, un tema de límites, pero en el sentido negativo de la palabra. La capacidad de aprendizaje del niño está limitada, por un lado, por su herencia genética y por otro por el ambiente más o menos favorable en el que se desenvuelva. Las etiquetas son límites que imponemos a nuestros hijos, casillas en las cuales deben caber y a las que deben amoldarse respondiendo a las expectativas que hemos puesto sobre ellos.

inocencia

“¿Siempre eres tan testaruda?”; “¿Lo ves?, eres tan floja, nunca haces bien nada”… Mensajes como estos acompañan el quehacer diario en nuestros hogares. Son, aparentemente, neutros, y la mayoría de las veces inconscientes, pero debemos revisar si ayudamos con ellos a nuestros hijos a avanzar correctamente, o si por el contrario estamos cerrando la puerta al cambio y al aprendizaje.

 

Bernabé Tierno, en su obra, reproduce un fragmento de la carta que unos padres le escriben: “Por segunda vez, ante el miedo a entregarnos las notas, porque la criatura no levanta cabeza en los estudios, mi hijo de doce años se ha marchado de casa. Hemos pasado toda la noche en vela, y cuando esta mañana mi marido fue a buscar el carro para denunciar su desaparición, lo encontró durmiendo dentro. Hemos intentado averiguar lo que pasa, y entre todas sus angustias por ver que no puede tenernos contentos trayendo mejores notas, me  ha sorprendido una frase: “Es que a mi nadie me ha dicho nunca que hago algo bien”.

Los mensajes que enviamos a nuestros hijos cuando nos fijamos sólo en sus errores o en sus fracasos, le transmiten la idea de que no sirve para nada, o de que difícilmente logrará superar cualquier problema que se le presente.

creando futuros felices

El niño es, como todo ser humano, un ser en constante cambio y transformación. Sus capacidades adaptativas son muy grandes, pero debe encontrar un ambiente que le estimule y le aliente para el éxito. Cuando los padres resaltamos con mayor énfasis las facetas negativas de nuestro hijo, estamos yendo en contra de principios fundamentales: la comprensión, el aliento, el reconocimiento del esfuerzo y  los logros.

 

Incondicionales

Es mucho más productivo, cuando un hijo ha cometido un error, intentar sentirnos como él. Verle como alguien que está sujeto a cambios y que, en ese proceso, el fracaso y las equivocaciones forman parte de las oportunidades de ver los propios problemas y mejorarlos. Cuando él reciba el mensaje: “Te has equivocado, pero te comprendo y aquí estoy para ayudarte”, en vez de: “¡Otra vez, ya estoy harto de que no te esfuerces por cambiar!”, entonces estaremos cumpliendo realmente con lo que ser padres significa: amar a nuestros hijos incondicionalmente, servirles de aliento constante y ser capaces de ver en ellos un ser humano sujeto a cambios, capaz de lograr lo que se proponga más allá de las dificultades.

  

A menudo es difícil ser capaz de mantener una actitud positiva, de comprensión y apoyo cuando una conducta negativa se manifiesta una y otra vez. Hemos de  ser capaces de inventar nuevas maneras de corregir, vigilando nuestras palabras y manteniéndose atentos a lo que realmente pensamos de nuestro hijo. Nosotros somos los primeros que hemos de pensar que nuestro hijo pueda cambiar. Si no es así, difícilmente reconoceremos sus pequeños esfuerzos, los logros mínimos que darán paso a logros mayores, y difícilmente encontraremos las oportunidades o situaciones en que él pueda verse de otra manera y modificar la imagen que  tiene de sí mismo. En definitiva, la etiqueta que tiene adjudicada y de la que debemos conseguir que se desprenda.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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