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Educación sexual no es enseñar cómo mantener relaciones sexuales.

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“Silvan, 34 años cuenta: Creía que la educación sexual era lo que escuché en el colegio. Un doctor nos mostró láminas de los genitales. Nos habló de las enfermedades y nos mostró fotos horribles de personas que padecían una “venérea”. Sentí mucha vergüenza y esa noche tuve pesadillas. A partir de ese momento, cada vez que hablaban de educación sexual, yo me decía para mis adentros: pasar otra vez por eso, ¡jamás!”

 

La educación sexual no es genitalidad, sino la enseñanza de todo lo que se relacione con ser hombre o ser mujer. Muchos creen que “cumplieron con el deber” porque explicaron como son los genitales y “advirtieron” de los peligros de las enfermedades sexuales. Eso no es educación, es deformación. No ayuda al crecimiento, sino que lo detiene. Debemos enseñar sin manipular, sin crear culpas o inducir a temores.

La educación sexual apela a la madurez de toda la persona. Entre otros beneficios, ayuda a que nadie, por ignorancia, sea victima de otro individuo más astuto y malicioso.

La educación sexual intenta sacar del oscurantismo un tema absolutamente humano y darle la humanidad que le corresponde. No es un tema del diablo, porque el creador de nuestro cuerpo es Dios. Tampoco es un tema de ángeles por que ellos son asexuados; pero nosotros, los hijos de Dios, tenemos una dimensión sexual asociada a nuestra identidad espiritual. Lo que usted es, lo es también en relación con su sexo. ¿Se imagina a si mismo de otra manera que no sea como hombre o mujer? Nuestra identidad se funde con nuestra sexualidad; es innegable. De ahí la importancia de la educación sexual.

No diga: “Yo no sé cómo enseñar, mejor que la escuela lo haga”

Hay padres que creen que necesitan “saber todo” antes de poder enseñar. Error.

Relájese, la vida es un continuo proceso de aprendizaje. Capacítese; mientras enseña¸ aprende. Los hijos necesitan que los padres validen la información que ellos reciben desde las fuentes diversas de educación informal (TV, amigos, chistes, etc.). Todos los niños expresan que necesitan dirección de sus padres en el tema sexual. La interacción entre los hijos y sus padres posibilita que los niños vayan integrando conceptos que les permitan crecer saludablemente en todas las áreas de la vida.

 


           No vaya a pensar que, si usted no habla, ellos aprenderán

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En cierta ocasión una madre expresó que jamás traería a su hija a una charla de educación sexual porque creía que era demasiado chica. Al preguntarle la edad de la hija, la madre, sin inmutarse dijo: “dieciséis años” a lo que le contestamos: “Si usted logra que su hija de dieciséis años no escuche nada de sexualidad a través de otra fuente, entonces no lo traiga. Pero usted no puede asegurar eso”. Los sociólogos dicen que un adolescente de catorce años sabe más acerca de sexualidad que lo que su abuela aprendió a lo largo de toda su vida, aunque haya tenido una docena de hijos. En otras palabras, la nieta le dice a la nona: “abu, veni que te enseño”

 

Momento ameno

Se cuenta de dos niños de seis años que se encontraron mientras sus mamás hacían las compras en le supermercado. Uno estaba alegre, y el otro, triste. El alegre se dirigió a su amiguito y le dijo:

-¿Por qué estas tan triste? Te veo cabizbajo y meditabundo.

- Es que tengo demasiados problemas – dijo el otro niño

-¿Problemas a tu edad? ¡Cuando tengas 15 años te vas a suicidar!

_ ¿Cómo crees que no voy estar triste?_ Le pregunte a mi abuela de dónde vino y me dijo que la trajo la cigüeña; le pregunte a mi mamá de dónde vino y ella me dijo que la pidieron a París y, después, le pregunte de dónde vine yo, y me contestó que había nacido de un repollo. ¡Como no voy a estar triste si, en mi casa, nadie nació por parto natural!

Los cambios Sociales (Sociedad hipersexualizada) han generado nuevas necesidades (información para el ejercicio responsable de la sexualidad) que hacen necesario el empleo de nuevos recursos (educación sexual) para hacer frente a esas necesidades.

Es pretencioso e ingenuo creer, que si los padres no enseñamos, nuestros hijos permanecerán en la más absoluta pureza. Van a aprender de otras fuentes, con el riesgo cierto aprender mal. Conocimientos fragmentados y generalmente ladinos, cargados de mitos y temores, será lo que incorporarán como saber acerca de su sexualidad, en vez de aprender los aspectos saludables que les posibiliten un mejor vivir.

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No crea que, al hablar de sexualidad, usted deberá compartir su intimidad

Los padres no deben compartir jamás sus vivencias íntimas con los hijos. Enseñar de sexualidad es impartir información o acercar un material recomendable para leer; pero, de ninguna manera se deben hacer alusiones a las vivencias como pareja.

“Al terminar un taller de educación sexual, se acercó una joven de 21años, estudiante universitaria. Contó que durante años había escuchado de boca de su madre todas las vejaciones y maltratos que su padre le propinaba. Ella confesó que nunca había visto nada, pero que había ido desarrollando un odio creciente hacia todos los hombres porque pensaba que en la intimidad todos serian iguales. Recuerda que desde la adolescencia le habían gustado varios chicos; sin embargo, a poco de sentir atracción, la rabia la denominaba y ya no le gustaba más. En la facultad conoció un grupo de chicas que como travesura, tenía caricias, besos y estimulaciones sexuales mutuas. La invitaron a participar. Ella se negó. Pero desde hacia unos meses había comenzado a fantasear acerca de estar con una mujer, ya que no quería estar con un hombre por miedo a que le ocurriera lo mismo que a su mamá. Mientras hablaba, lloraba desconsoladamente. Cuando le preguntamos por qué su madre seguía unida a su papá, ella no supo qué contestar. Su madre nunca resolvió su problema marital, pero creó múltiples problemas en su hija. “¡Quién puede medir el alcance de la frustración sentimental de una madre!”

Finalmente, educar es compartir, como padres cristianos debemos comunicar los valores que rigen nuestros comportamientos, pero ello no nos da derecho a imponernos autoritariamente o a ofuscarnos cuando algunos de nuestros hijos piensan distinto. Si tenemos que gritar para mantener nuestra autoridad, es porque quizás, no tengamos muchas razones.

 

 

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