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Mi Familia, un lugar de protección, encuentro, alegrías pero también de tristezas y problemas

Mi familia...Milton Erickson, uno de los pioneros de la terapia familiar sistémica y de la terapia estratégica contó una anécdota al terapeuta Jay Haley, quien narra en su libro Terapia Convencional. Allí la leyó el autor estadounidense John Bradshaw, especializado en relaciones familiares, y acabo reproduciéndola en su libro “Crear Amor”, donde la encontré y a continuación se la cuento:

Anécdota:

Sucedió que Robert, el hijo pequeño de Erickson, se cayó de las escaleras haciéndose un buen corte en el labio. El niño, que tenía tres años, se incorporó y comenzó a llorar y a gritar, dolorido y asustado. Erickson corrió ayudar a su hijo y vió que sangraba. Entonces le dijo algo como: – esta es una herida muy fea, Robert, es horrible. Ahora nos ocuparemos de ella. El niño continuaba llorando y mirando sus manos y el suelo, cubierto de sangre.

-¿Tú quieres que deje de dolerte? – Pregunto Erickson a su hijo-. Está saliendo una buena cantidad de sangre. Creo que debemos ver si es roja y espesa como debería. Mírala, ¿lo es? Yo pienso que sí.

Luego Erickson condujo a su hijo hasta el fregadero y, mientras le lavaba la cara, le pidió que inspeccionara si la sangre que brotaba se ponía de buen color rosado al mezclarse con el agua. Una vez hecho esto, Erickson revisó el labio del niño diciéndole que lo hacía para asegurarse de que se estaba hinchando, “adecuadamente”. Por último, abordó la cuestión de la sutura de la herida. – Creo que tendrás que recibir algunos puntos, Robert – dijo Erickson con seriedad-. Pero dudo más de los que tú puedes contar. Seguramente serán menos que los doce puntos que recibió tu hermano Allen cuando cayó de la bicicleta y quizás más que los tres que recibió Carol en navidad.

Puede parecernos muy difícil tener la templanza para manejar una situación como la del pequeño Robert de manera en que Erickson lo hizo, pero, independientemente, creo que podemos obtener de esta anécdota algunas claves para pensar en cómo abordar los “Problemas” de una familia. Se escucha muy a menudo que una familia es un sistema. Pero ¿Qué quiere decir? Pues que la familia es un todo que no es igual a la suma de sus partes, porque incluye también la interacción entre esas partes. Eso implica que lo que afecte a uno de los integrantes de la familia afecta necesariamente a los otros, y también significa otra cosa: problemas. Problemas ocasionados por el cambio de ubicación de los integrantes que se hacen adultos, problemas con los intereses encontrados de sus miembros, problemas con los encuentros con el mundo que los rodea.

No existe una familia en la que todo sea armonía. Ése es un ideal que no solo es falso sino es dañino, porque favorece la negación, el rechazo y la ocultación de las dificultades y, en consecuencia, nos aleja de la posibilidad de hacer algo al respecto. Las familias que “funcionan bien” no son las que no tienen problemas sino las que desarrollan las capacidades para lidiar con ellos, tanto con los provenientes de “afuera” como los que se gestan en el seno de la propia familia. Es entonces cuando decimos que se trata de familias valiosas que se puede sufrir por ellas y constituyen un lugar donde es posible hacerlo. Porque, aceptémoslo, problemas habrá.


Transmitir Empatía

Cuando Milton Erickson corre a ayudar a su hijo, no lo hace diciéndole, como seguramente haríamos todos: “Tranquilo, no ha pasado nada, todo está bien”. Si pudiésemos escuchar los pensamientos del niño en ese momento, probablemente dirían algo así como: “Acabo de caer de cabeza desde la escalera, me duele tremendamente la cara, estoy cubierto de sangre y ¡éste me dice que no ha pasado nada!”. Lejos de esto, lo primero que Erickson le dice a su hijo es:”esta es una herida muy fea”. Cómo dice acertadamente el propio Erickson, “Mi hijo supo en ese momento que yo sabía lo que estaba hablando y, allí en adelante, pudo escucharme”. Todo lo que Erickson hace a continuación está orientado del mismo modo. Es como si, de alguna manera, le dijese: “Tienes una herida, debe sangrar debe hincharse. Es bueno que así sea. Todos hemos sufrido heridas. Son dolorosas, pero hay que ocuparse de ellas”Mi familia...

Afrontar las Dificultades

Lo maravilloso de esta historia es que nos muestra que la forma de tratar con los dolores, las dificultades y los enfados es una familia no es intentando minimizarlos o ignorarlos sino, al contrario, reconociendo su existencia y el dolor que generan. Cuando intentamos calmar los problemas de nuestros seres queridos diciendo “aquí no ha pasado nada”, llevamos a aquel que está sufriendo a una situación de confusión: por un lado, sus sentimientos le dicen que algo va mal; por otro lado, alguien a quien el aprecia le dice que no pasa nada. Solo le quedan dos salidas, ambas bastantes problemáticas: o concluye que el otro no lo entiende y, en consecuencia, que no puede contar con el mismo quien está equivocado y que siente lo que no debe sentir. En el primer caso, se deteriora el vínculo; en el segundo, se deteriora la imagen y la confianza en uno mismo. Por ello, si alguien de la familia siente que existe un problema, debemos reconocer esa dificultad como tal, aunque a nosotros no nos parezca que sea tan grave o creamos que no repercute sobre nosotros.

Y, por supuesto, los padres son los responsables de transmitir una apertura para el abordaje de las dificultades. Si cuando un niño plantea o demuestra algún conflicto, los padres reaccionan con fastidio, decepción o enfado lo que probablemente provocaremos es que la próxima vez no nos cuenten nada. Cuando nuestros hijos o nuestras pareja muestran su dolor o descontento, hagamos el esfuerzo de decir:”esta es una herida muy fea, imagino tu dolor”, ven la limpiaremos, luego sólo podremos saturarla.

Lidiar con los conflictos:

NO EVITES LOS PROBLEMAS

No caigas en la tentación de creer que si hay un problema es que alguien está haciendo las cosas mal. En ocasiones, un problema puede ser, efectivamente, fruto de un error, pero, en otras, puede ser causa del azar.es más, en ocasiones, encontrarse frente a un determinado problema puede ser lo mejor que puede ocurrirle a toda la familia. Por poner solo un ejemplo: el despertar sexual de un hijo supone, inevitablemente, un problema para los padres, pero ¿desearías para tu hijo que no te trajera este problema? Seguro que no.

PONTE EN LUGAR DEL OTRO

Haz lugar para los sentimientos del otro. No los niegues o menosprecies porque no los entiendas o te parezcan poco razonables. No intentes convencer al otro lado de lo que debe sentir, acepta que se siente como se siente, incluso cuando ello te resulte doloroso. Entre parejas, por ejemplo, es habitual que uno de los dos se queje de que no se siente amado y que el otro – que en verdad sí ama- responda enfadado: “¿Cómo puedes sentir que no te amo?”. Más productivo seria decir algo así como:”Me apena que no sientas mi amor, ¿por qué crees que no lo sientes?”.


HABLA DE TUS SENTIMIENTOS

Comunica tus sentimientos y tus problemas. Si no lo haces, ¿cómo esperas trasmitir a los demás la idea de que es posible hablar de sus dificultades? Si contestas con evasivas a tus hijos cuando te preguntan por qué estas llorando o enfadado, acabaran interiorizando que las cosas malas es mejor callarlas. Por supuesto, esto tampoco significa que los padres deban compartir todos sus problemas con los hijos. Hay cuestiones que no son para discutir con ellos; es esos casos habrá que decirles: “cosas entre tu madre y yo” o “cosas del trabajo que no entenderías”. Cualquier respuesta es mejor que un confuso “NADA”.

ESCUCHA A LOS DEMÁS

Pregunta a los integrantes de tu familia cómo les van en sus cosas y escucha sus respuestas. Mantente alerta para descubrir cambios en el comportamiento, sobre todo en el de aquellos demasiado pequeños para poder comunicarse abiertamente. Nada de “no me vengas con problemas que tengo los míos”. Recuerda que sus problemas son tus problemas, lo quieras o no. De modo que más vale que te ocupes de ellos si no quieres encontrártelos mas tardes. Sin embargo, ten cuidado, también puede resultar bastante pesado, también puede resultar bastante pesado u n padre o una madre que pregunte todo el día:” ¿Te encuentras bien? ¿Te ocurre algo? ¿Estás seguro? Como regla general, valga el título del libro Jacques Salomé: Háblame tengo cosas que decirte.

Mi familia...ACEPTA LAS DIFERENCIAS

Ten los oídos dispuestos para escuchar sin juzgar ni adjudicar culpas rápidamente. Respeta las diferencias de criterio. Cierta rebeldía es sana, es signo de que se esta pensando por sí mismo. Discutir es necesario y saludable, pero intenta mantener la discusión al tema en cuestión y no a las personas que discuten. De lo contrario, cada opinión se convierte en un ataque y la discusión, en una lucha de poder.

DEMUESTRA TU AMOR

Por último, una sugerencia que es, a mi juicio y con diferencia, lo más importante de todas: hazle tener a tu familia la certeza de que el amor no está en juego. Ellos deben saber y estar absolutamente seguros de que no importa cuál sea el problema, no importa cuál sea la dificultad no importa lo furioso que te pongas, ni cuanta tristeza te cause, tu amor no está en duda. Ningún problema podrá hacer que dejes de amarlos ¿Cómo puedes esperar que los miembros de tu familia te confíen sus problemas si temen perder tu amor? Lo repito una vez más, solo para quedarme tranquilo: haz que tu familia sepa que tu amor no está en juego. Como dice la hermosa frase del escritor alemán Goethe: “da más fuerza saberse amado que saberse fuerte”

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