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Miedo a la intimidad

Miedo a la intimidad...
La mayoría de las personas quieren y necesitan amor, quieren y necesitan sentirse cerca de los demás, pero el miedo es una fuerza poderosa y compite con nuestra necesidad de amor. Más concretamente, esa fuerza es el miedo a la intimidad.

 

Muchos de nosotros nos sentimos más seguros estando solos o en relaciones en las que “no estemos involucrados emocionalmente” que cuando tenemos relaciones que nos hacen emocionalmente vulnerables, íntimos y amorosos. Pese a la serie de necesidades y deseos que quedan insatisfechos cuando no amamos, podemos sentirnos más seguros al no amar. No arriesgamos la incertidumbre y la vulnerabilidad que trae consigo la intimidad. No nos arriesgamos al dolor de amar, y a muchos de nosotros el amar nos ha causado una enorme cantidad de dolor. No nos arriesgamos a quedar atrapados en relaciones que no funcionan, a tener que ser quienes somos, lo cual incluye ser sinceros emocionalmente y también los posibles rechazos, no nos arriesgamos a que los demás nos abandonen, no nos arriesgamos. Y no tenemos que pasar por la difícil situación de iniciar relaciones. Cuando no nos acercamos a los demás, por lo menos sabemos que podemos esperar: NADA.

Negar nuestros sentimientos de amor nos protege de la ansiedad que causa el amar. El amor y la intimidad con frecuencia conllevan una sensación de pérdida de control. El amor y la intimidad desafían a nuestros más profundos temores sobre quienes somos, sobre si esta bien que seamos nosotros mismos y sobre quienes son los demás y si ello está bien. El amor y la intimidad, son los mayores riesgos que un hombre o una mujer pueden tomar. Para ello se necesita sinceridad, espontaneidad, vulnerabilidad, confianza, responsabilidad, autoaceptación y aceptación de los demás. El amor trae alegría y calor, pero exige también de nosotros que estemos dispuestos a sentirnos ocasionalmente heridos y rechazados.

Muchos hemos aprendido a huir de la intimidad, en lugar de tomar los riesgos que ésta implica. Huimos del amor u obstaculizamos la intimidad de muchas maneras. Alejamos a las personas o hacemos cosas que las lastimen para que no quieran estar cerca de nosotros. En nuestra mente hacemos cosas ridículas para convencernos de que no queremos intimidad. Rechazamos a los demás antes de que ellos tengan oportunidad de rechazarnos. Usamos máscaras y fingimos ser algo distinto a lo que somos. Nos conformamos con relaciones artificiales en las que no se espera ni se nos pide intimidad. En lugar de ser una persona real interpretamos papeles. Nos alejamos emocionalmente de las relaciones que ya tenemos. En ocasiones evitamos la intimidad negándonos a ser sinceros y abiertos. Algunos nos atoramos, paralizados por el miedo, incapaces de iniciar relaciones ni de disfrutar de la intimidad en las relaciones que ya tenemos. Algunos huimos; nos retiramos físicamente de cualquier situación en la cual puedan estar presentes el amor, la vulnerabilidad emocional y el riesgo. Como dice una amiga ” todos tenemos en el armario un par de zapatos para correr”.

Huimos de la intimidad por muchas razones. Los que crecimos en familias con casos de alcoholismo, diabetes, trastornos mentales, ludopatía y otros trastornos, tal vez nunca aprendimos cómo iniciar relaciones ni como tener intimidad una vez que la relación comienza. En nuestras familias la intimidad no se consideraba segura, ni se enseñaba ni se permitía. Para mucha gente, cuidar de los demás y abusar de sustancias químicas llegaron a ser sustitutos de la intimidad.

 


Miedo a la intimidad...
Algunos nos permitimos tener intimidad con alguien una vez o dos, y luego fuimos lastimados. Podemos haber decidido que es mejor y más seguro no tener intimidad, no arriesgarnos, a ser heridos de nuevo.

Algunos aprendimos a huir de relaciones que no nos convienen. Pero para algunos de nosotros, el huir de la intimidad o evitarla se ha vuelto un hábito, un hábito destructivo que nos impide obtener el amor y la cercanía que verdaderamente queremos y necesitamos. Algunos podemos estar engañándonos a nosotros mismos, y ni siquiera nos damos cuenta de que huimos ni de lo que huimos. Quizá estemos huyendo cuando ni siquiera sea necesario hacerlo.

La cercanía a los demás puede darnos un poco de miedo, pero no tanto. Y no es tan difícil. Incluso se siente bien cuando te relajas y dejas que ocurra.

Esta bien sentir temor de la intimidad y del amor, pero también está bien que nos permitamos amar y sentirnos cerca de la gente. Está bien recibir amor. Podemos tomar buenas decisiones sobre quién amar y cuándo hacerlo. Está bien que cuando estemos con los demás seamos como realmente somos. Arriesguémonos a hacerlo. Podemos confiar en nosotros mismos. Podemos pasar por la difícil y embarazosa situación que causa el iniciar relaciones. Podemos encontrar personas en las que se puede confiar, podemos abrirnos ser sinceros, y ser quiénes somos. Incluso podemos manejar el sentirnos rechazados de vez en cuando. Podemos amar sin perdernos a nosotros mismos, y sin ceder nuestros límites. Podemos amar y pensar al mismo tiempo. Podemos quitarnos las zapatillas de correr.

Preguntémonos a nosotros mismos, ¿estamos impidiendo la intimidad en nuestras relaciones actuales? ¿Cómo lo hacemos? ¿es ello necesario? ¿Por qué? ¿conocemos a alguien con quién nos gustaría acercarnos, alguien con quien nos sintamos seguros estando cerca? ¿Por qué no damos el primer paso para acercarnos a esa persona?¿Nos gustaría iniciar algunas relaciones nuevas? ¿Cómo podíamos hacerlo? ¿Necesitamos mas intimidad en nuestras relaciones mientras estamos haciendo lo necesario para tener menos? ¿Por qué?

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